blog | A propósito del día del médico

 

No estoy muy seguro sobre la utilidad real de celebrar el día de la raza, de la mujer, de la diabetes o del médico, pero a veces estas fechas permiten reflexionar o llamar la atención brevemente sobre algún tema que por diversas razones ha perdido importancia en la vida cotidiana.

Comparto con muchos colegas la gran fortuna de recibir con frecuencia algún Compartido reconocimiento por parte de mis pacientes. Detalles tan simples como unas palabras sinceras de gratitud, una nota, un libro, un chocolate o unas frutas traídas de la finca

llenan de fuerza nuestra labor cotidiana. En esta ocasión recibí con sorpresa una bella reflexión sobre las características humanas y espirituales del acto médico. Aunque seguramente toda disciplina u oficio permite al que la ejerce disfrutar de retos y privilegios particulares, pocas profesiones brindan tanta satisfacción y realización personal a quien la ejerce con plenitud, como la medicina.

Es cierto que nuestra vocación nos ha llevado a pasar muchas noches tratando de estudiar y comprender el funcionamiento del cuerpo humano y los complejos procesos que llevan a la enfermedad y la muerte. También hemos decidido, en la mayoría de los casos voluntariamente, pasar horas interminables en un hospital tratando de aliviar en algo el profundo sufrimiento de ricos y pobres ante el dolor de la enfermedad. Pero seamos sinceros, el sacrificio es menos del que parece. En realidad lo disfrutamos, tenemos cada vez la fortuna de aprender un poco más sobre el ser humano y, porque no decirlo, sobre nosotros mismos. Cada día, con cada paciente, tenemos ante nosotros el misterio de la vida y de la muerte. Nos acercamos a ellos con preocupación, para tratar de aprender algo para nosotros mismos y para los próximos pacientes y la verdad sea dicha, recibimos mucho más de lo que damos. Nuestros pacientes y sus familias nos enseñan paciencia, fortaleza ante el sufrimiento, espiritualidad, fe, obediencia, humildad, respeto y muchos valores más. También debemos reconocer en esta época, que muchos de ellos nos comparten conocimientos e información sobre su propia enfermedad y los medicamentos que difícilmente podremos dominar en su totalidad.

Quizás debemos entonces en el día del médico, dar las gracias nosotros. Gracias primero a Dios por bendecirnos con una de las profesiones más bellas, más llenas de realización personal y satisfacción cotidiana. Gracias a nuestras familias por acompañarnos en nuestros largos períodos de estudio y trabajo en horarios muy difíciles de comprender si no se ha vivido el mundo de un hospital. Gracias a todos nuestros compañeros de trabajo en el equipo de salud, enfermeras, fisioterapeutas, nutricionistas, psicólogas y personal de apoyo. Inclusive, me atrevo a agradecer al personal administrativo, en especial cuando su preocupación genuina y ética ha sido el bienestar de los pacientes y no el lucro de las instituciones o de los intermediarios de la salud. Pero ante todo gracias a todos nuestros pacientes, la razón de ser de nuestra profesión y nuestros grandes y sutiles educadores.

JD

 

Este blog fue publicado en periódico El Espectador en diciembre 07 – 2013

Fotografía de Daniel Bachhuber usada bajo Licencia de Creative Commons