blog | Envejecer: ¿podemos evitarlo?

Fotografía de Fouquier / 500px, licencia CC.

 

El proceso de envejecimiento es uno de los fenómenos biológicos más interesantes y más inevitables que conocemos.

Después de alcanzar el máximo rendimiento físico y mental entre los 20 y los 30 años, los seres humanos nos enfrentamos a la cruda, compleja e inexorable realidad del deterioro progresivo de todas las funciones vitales que nos acercan cada día, cada año, al final de la vida, a la muerte de nuestro organismo.

Dependiendo de la cultura, espiritualidad y orden social, el envejecimiento es visto con horror, neutralidad o inclusive amable desarrollo del ser humano hasta alcanzar los más altos niveles de sabiduría o inclusive la vida plena en Dios, después de morir en la tierra.

Nuestras células, las unidades funcionales de nuestro cuerpo, nacen con una sorprendente programación genética que determina gran cantidad de fenómenos ligados al envejecimiento, tales como el número de replicaciones celulares posibles, la muerte celular programada (apoptosis), la capacidad de detectar y corregir errores en el material genético y la síntesis de proteínas, la capacidad de defendernos contra las infecciones y muchos más. Estos fenómenos se comprenden cada vez mejor, pero son pocas las intervenciones que han logrado retardar, mucho menos evitar en forma significativa el proceso de envejecimiento.

La cultura occidental, orientada especialmente por las fuerzas del capitalismo y del mundo material, ha encontrado en este tema una gran oportunidad de mercado. Diariamente se venden millones de dólares en libros, vitaminas, productos alternativos, terapias, cirugías y toda serie de recetas “mágicas” pobremente documentadas para llenar el gran vacío que nos genera nuestra impotencia ante el envejecimiento. ¿Cuáles son algunas de las estrategias que han demostrado retardar o reducir el impacto de esta programación genética?

Realmente son pocas y simples, relativamente baratas y están al acceso de la mayoría de los seres humanos. Se destaca una menor exposición (menos tiempo e intensidad) al estrés, que podríamos simplificar como el conjunto de emociones negativas que se acompaña de elevación demostrable de hormonas como el cortisol y la adrenalina. También una menor exposición a tóxicos como el alcohol, la contaminación y el cigarrillo, una buena cantidad y calidad del sueño, una nutrición variada rica en productos vegetales, con pocas calorías y un aporte moderado de proteínas. Pero el factor con mayor impacto sobre la salud y la preservación de la función física y mental del ser humano es el ejercicio. La evidencia científica sugiere que niveles de actividad física de intensidad moderada o vigorosa de aproximadamente una hora al día son la principal estrategia para mitigar el inevitable fenómeno del envejecimiento.

 

JD

 

Este blog fue publicado en el periódico El Espectador en julio 27 – 2014

Fotografía de Fouquier, usada bajo Licencia Creative Commons.