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blog | Salud e industria, un dilema complejo

 

Es cierto que con frecuencia nos resulta difícil tomar decisiones éticas y coherentes en nuestra relación personal y profesional con la industria. En nuestra práctica cotidiana, los médicos nos dedicamos a comprender el funcionamiento del cuerpo humano y las complejas interacciones entre el entorno y la genética que nos llevan a enfermar y morir. El diagnóstico adecuado y oportuno, una buena relación con nuestros pacientes y la mejor alternativa terapéutica son un reto cotidiano para el cual nos preparamos cada vez mejor, aunque a veces no parezca.

Sin embargo, nuestra formación de pregrado y posgrado carece de espacios adecuados para reflexiones éticas y profesionales acerca de nuestra compleja y delicada relación con la industria farmacéutica, la industria de los equipos y dispositivos hospitalarios, de los métodos diagnósticos, la industria de la intermediación y administración de servicios de salud.

¿Qué tan independiente, ética y costo-efectiva es cada una de nuestras decisiones en la práctica clínica? Pienso que la respuesta está en cada acto médico, en cada relación médico-paciente, y difícilmente puede ser juzgada sin conocer en profundidad cada caso. ¿Qué beneficio o riesgo tienen mis pacientes y qué beneficio o riesgo tengo yo al prescribir, al operar, al hospitalizar, al usar un dispositivo o método diagnostico o al dar una conferencia o escribir un artículo?

No creo que las posiciones radicales sean sanas, pero algunas relaciones parecen favorecer más a la industria o al médico que al paciente. Si recibo un porcentaje de utilidades (en forma de viajes, comidas o efectivo) por cada caja de medicamentos formulada o por cada procedimiento o examen ordenado, es menos probable que pueda mantener mi objetividad. Si se me olvida preguntar a mis pacientes sobre el consumo de tabaco y alcohol, sobre su sedentarismo o sobre sus hábitos nutricionales, que son las grandes causas de enfermedad y muerte en nuestra sociedad, la falta no parece tan grave ni tan obvia, pero puedo estar favoreciendo a la industria automotriz, a la industria digital, a la industria de alimentos y, por supuesto, a la astuta y millonaria industria del tabaco y el alcohol.

En el ámbito de la salud pública el dilema es aún mayor, la magnitud de los retos es inmensa, los recursos escasos y las consecuencias de cada decisión inciertas.Nos deben orientar la evidencia internacional, los análisis costo-beneficio y el abordaje intersectorial para los grandes problemas de salud.

 

JD

 

Este blog fue publicado en el periódico El Espectador en septiembre 28 – 2014

Fotografía de Mercy Health, usada bajo Licencia Creative Commons. 

blog | ¿Lo natural es mejor que lo artificial?

 

Pocos temas generan tanto debate en reuniones sociales como este aparente dilema. Muchas personas no se dan cuenta de que están hablando de sustancias químicas prácticamente idénticas, cuya estructura, función e interacciones desconocen por completo.

Como en política, religión o fútbol, se vale cualquier argumento apasionado para hacer valer o imponer mis respetables creencias sobre lo bueno y lo malo. Algunos de los lectores con formación en ciencias naturales o, por lo menos, con respeto por ellas, saben de qué les hablo.

Cuando escucho las bondades casi mágicas del vegetarianismo o de la innegable toxicidad de todo aquello que no venga directamente de una granja orgánica, quedo algo confundido. Es verdad que el agua es maravillosa, ojalá sea muy limpia, pero eso sí, sin haber pasado por una embotelladora o procesamiento industrial, pues puede perder su magia sanadora. Muchos muertos se los debemos a aguas cristalinas pero con invisibles cantidades de bacterias y parásitos “orgánicos”, por no decir minerales tóxicos.

Fotografía de tpmartins / Flickr, licencia CC.

Fotografía de tpmartins / Flickr, licencia CC.

Los verdaderos conocedores de la bioquímica vegetal saben la inmensa cantidad de sustancias tóxicas y mortales que contienen frutos, hojas y tallos silvestres. Las consecuencias letales de vegetales maravillosos como la hoja del tabaco y la coca las atendemos diariamente en nuestros hospitales, naturalmente.

Fotografía de Trevor Haldenby / Flickr, licencia CC.

Fotografía de Trevor Haldenby / Flickr, licencia CC.

Por otra parte, existen muchas personas a las que “no les gustan los químicos”. Vale la pena recordarles que los seres humanos somos básicamente una maravillosa interacción de reacciones químicas complejas. Hasta nuestras ideas brillantes y manifestaciones artísticas son reacciones químicas de altísima complejidad y velocidad que serían imposibles sin sales, metales, cargas iónicas, fuerzas moleculares y cambios estructurales. Negar la histórica transformación de la medicina hacia lo artificial, con los antibióticos, las vacunas, la anestesia, la quimioterapia, las moléculas que bajan la presión arterial o el colesterol o hasta la famosa aspirina, sería como pretender volver a comunicarnos con señales de humo o telégrafo en la era 4G. Muchos de los grandes progresos de la ciencia y la tecnología se deben al paso de lo natural a lo artificial.

Fotografía de snre / Flickr, licencia CC.

Fotografía de snre / Flickr, licencia CC.

Nada en contra de una deliciosa fruta bien cultivada, sin plagas ni parásitos, lavada y preparada con agua procesada pura. Si se me suben el azúcar, la presión y el colesterol por esta profunda revelación, ojalá reciba por parte de mi médico productos artificiales de altísima calidad y seguridad. Gracias a Dios que nos regaló la naturaleza y a la ciencia.

 

JD

Este blog fue publicado en el periódico El Espectador en abril 26 – 2014

Fotografías de USDAgov,  Trevor Haldenby, tpmartins y snre, usadas bajo licencia Creative Commons.

blog | Sal y azúcar: ¿los malos del paseo?

 

Pocas sustancias en la naturaleza han sido tan calumniadas como la sal y el azúcar.

Nuestra sociedad está inundada de mensajes de salud tan atrevidos como ignorantes, si bien quizás, no lo niego, con buenas intenciones. El afán de simplificar los mensajes o prohibir toda fuente de placer para impactar a grandes grupos de consumidores mal informados ha llevado a medios de comunicación, educadores y aun a muchos profesionales de la salud a promover conductas y hábitos cuya evidencia no es tan clara, por lo menos no lo suficiente, como para generalizar o satanizar tan importantes nutrientes.

La Sal

Fotografía de Kaptain Kobold

Fotografía de Kaptain Kobold

La sal común (cloruro de sodio) ha sido responsabilizada como la gran culpable de la hipertensión arterial: una visión simplista que desconoce la maravillosa complejidad de la regulación circulatoria por decenas de sustancias, además del consumo de sal. La restricción de sal en pacientes hipertensos parece reducir tan sólo 3-5 mm Hg la presión arterial, menos de la mitad de lo que se ha evidenciado para el ejercicio regular o para una reducción sensata de peso de unos 4 o 5 kg, de los 10 o más que nos sobran a la mayoría de colombianos adultos hipertensos.

Pocos mensajes aclaran que se trata de uno de los componentes más importantes de nuestro cuerpo y sus fluidos corporales. Sería imposible, por ejemplo, que una célula pudiera vivir si no se mantuviera un estricto control sobre las concentraciones de sodio y cloro por medio de las membranas celulares. Tan sólo unas pequeñas reducciones en la concentración de sodio pueden ocasionar alteraciones severas en el funcionamiento del cerebro y muchos otros órganos. La falta de un consumo adecuado de sal en mujeres jóvenes, físicamente activas, es causa frecuente de desmayos y mareos mal llamados “hipoglicemias”, que se explican generalmente por presiones arteriales bajas. Estos trastornos requieren de un aumento en la ingesta de sal y líquidos.

El Azúcar

El azúcar también ha sido declarado enemigo público. Se nos olvida, o nunca lo aprendimos, que es el nutriente más importante para el cerebro humano, que una reducción en los niveles sanguíneos de azúcar puede ser fatal en pocos minutos.

Fotografía de Raquel Carmona Romero

Fotografía de Raquel Carmona Romero

También es útil recordar que casi todo lo que comemos se convierte estratégicamente en azúcar en la sangre (glucemia), aun el pan integral triple grano o el arroz orgánico, la quinua, la papa, la arepa o la pasta. Más aún, es tan vital para el buen funcionamiento del cerebro, de los músculos y de los glóbulos rojos que el hígado es capaz de fabricar grandes cantidades de glucosa a partir de grasas y proteínas cuando la ingesta no es suficiente, fenómeno bastante extraño para una sustancia sentenciada como tóxica. Moderación en su consumo, como todo en la vida, parece lo más sensato.

 

JD

 

Este blog fue publicado en el periódico El Espectador en febrero 15 – 2014
Fotografías de Reuben EggarRaquel Carmona Romero y Kaptain Kobold, usadas bajo licencia Creative Commons.